Sesenta páginas de pliego, una fecha de entrega y un apartado que no es tu especialidad. Aquí está lo que una IA hace bien, lo que hace mal y el orden que evita que te deje en evidencia delante de un evaluador.
Nadie se lee dos pliegos enteros antes de decidir si se presenta. Y lo que decide la nota no está repartido por igual: está en los criterios de valoración, que ocupan dos páginas y cambian por completo dónde merece la pena esforzarse. Redactar diez páginas magníficas de un apartado que vale tres puntos es el clásico de este oficio.
Una memoria técnica no tiene respuesta correcta: tiene enfoques, y el enfoque es lo que puntúa. Pregunta a una sola y te dará uno, convincente, sin que puedas saber si es el bueno o el primero que se le ocurrió. Con varias delante, coinciden en la estructura de fondo —eso es el estándar del sector— y discrepan en el énfasis: una tira a operación, otra a gobierno, otra a herramientas. Esa discrepancia es tuya para elegir.
Un pliego es público, pero tu propuesta no: lleva precios, nombres, capacidades y a veces datos de terceros. Antes de pegarlo en un chat, mira dónde acaba. Nosotros no guardamos ni la consulta ni el veredicto salvo que enciendas el historial, y no se entrena con ello. Qué documentos no deberías subir a una IA.
La parte que dice qué vais a hacer vosotros. Una IA no sabe a quién tenéis en plantilla, qué habéis hecho parecido ni qué podéis comprometer sin que os cueste dinero. Es exactamente lo que se puntúa, y es lo único que no puede escribir por ti.